Mi cara cada vez que…

my face when...
mi cara cada vez que…

Iba yo a comerme un caqui. Llevaba tiempo, más de dos semanas en el cesto de la fruta, junto con las mandarinas, los plátanos, algunas naranjas, 2 limones y 2 tomates que se habían colado. 

Al coger el caqui, ya notaba yo que estaban algunas de sus partes algo pochas. Te ha pasado alguna vez, o siempre si eres de los míos, que a medida que vas pelando una fruta de este calibre, carnosa, jugosa, temporalmente pasada, vas pensando: “por fa plis que no me encuentre un gusano, porfavorporfavor te lo pido”?

Curiosamente, la gente que tiene miedo a las arañas, en estos casos estarán tranquilas, porque está claro, que de ahí no te va a salir una araña, ni una hormiga, ni un zombi ni un feto de algo…lo único que podría salir, serán vomitivas larvas o ya crecidos unos gusanitos blanquitos.

Wow, que vomito.

Total, que me tocaba abrirlo y mi cuerpo, protegiéndose iba cerrando todos los ojetes. Me quedé mirándolo como la Teniente Ripley en ese mítica escena esquivando la cara de Alien. Pues yo igual, intentaba convencerme que no iba a ver nada ni nadie…

No sé que pasa en esos casos, pero me sorprendí siendo sadomasoquista. Pues en vez de dejar de mirar, au contrair  mi vista cobró como más visión y mi mirada, se tornó como rayos x analizando centímetro a milímetro esa carne anaranjada melosa fibrosa. 

Un minuto más tarde, ahí estaba yo, simpática alegre orgullosa de mi plegaria y de mis poderes visuales, devorando el último caqui de la temporada. 

Te explicaré cuál es el origen de todo este trauma que en mi memoria constantemente golpea con el siguiente recuerdo: 

Hace siglos, fuimos a pasar el día en el Parque de atracciones Tibidabo, en el que mi madre, llevó una cesta con cerezas hermosas como ningunas otras, y que mi hermana y yo, devoramos tras salir del castillo encantado, para mí, una de las mejores atracciones. 

Tras una pequeña pausa, cogiendo una más, observé que mi madre se quedó mirando una cereza y la partió al medio, más o menos, claro. Entonces yo, tal que un simio, copiándola, abrí la que tenía en mano y tras sonreír, embobada con el color rojo sangre fuerte que deleitaba la vista y la saliva, vi algo blanco moverse. 

En el momento que iba a gritar mi madre dijo: cuidado que hay algunas cerezas que tienen gusano. Mi hermana gritó con cara de susto, yo me uní al coro y dando voces a la par que sacudíamos nuestros cuerpos nos convertimos en la atracción más aplaudida del día.

A veces lo recuerdo todo, a cámara lenta, las risas, los gritos, la cara de pavor, las súplicas de quítamelo quítamelo, y lo más bello ver volar por el gran cielo azul, las cerezas más hermosas que jamás he vuelto a ver ni comer. 

¡Enamórate!

Fall in love over and over
enamórate otra vez

Espero no llegar demasiado tarde para que te enamores, 

De mí. Estoy pidiendo demasiado… ¿Estoy pidiendo demasiado? 

Que vuelvas a sentir las ganas de besar apasionadamente, de sentir que te falta el aire, de sonreír por todo y por nada, de escuchar música y que todas las melodías te recuerden a mí, de controlar tus terribles ganas de querer llamarme solo para oír mi voz y por la tarde, más sereno me llames y digas —te echo de menos— 

Quiero que disfrutes todo el fin de semana enredado en mi persona. Que, si sales de ahí, sea solo sea para ir a la cocina o llamar a un restaurante. También iremos al baño y, juntos con el vapor de la ducha uniremos nuestros nombres con un bonito corazón. 

¿Qué te pasa, te pasa algo? Estás alelado te dirán tus amigos y familia. 

Y yo te suplicaré que dejes de hacerme cosquillas con tu preciosa barbilla. Pero tú no me escuchas porque te sientes deseado, amado, respetado y admirado. No, no creo que esté pidiendo demasiado.

¡Enamorémonos! ¡Hasta que la muerte de este amor nos separe! 

Over and over

Los 5 de la furgoneta

enmascarados
los 5

Vi la furgoneta llegar al descampado, cerca de la casa abandonada, donde acostumbraba a dejar a los perros sueltos.  

El copiloto saltó dando un brinco, seguidamente, abrió la puerta lateral de la furgoneta. Sí, de esas puertas modernas, deslizantes.

Entonces empezó el desfile. 

Todos los que salían por ahí eran hombres, unos 5. A cuál más corpulento. Todos llevaban mascarillas negras, todos desnudos de torso para arriba recreando mi fantasía de un antiguo anuncio de Coca Cola Light. 

Eran altos, con pelo rapado, ojos pequeños algo rasgados, vestían pantalones de técnico de algo, calzaban botas estilo Dc.Marteens. 

—Cada paso que daban, parecía el primer paso de Armstrong en la luna. Aunque en este caso, lo que pisaban era suelo arenoso del descampado de la casa abandonada, donde como ya te he dicho, dejaba a los perros sueltos—. 

—¿Qué qué pasó?—

Desperté de ese ensimismamiento por un rato. Y fue gracias al sonido hueco, seco y asustador que el copiloto hizo al cerrar la puerta deslizante de la furgoneta.  

<—¡Válgame por dios! Si uno de mis perros o cualquier otro animal hubiera atravesado ese instante, estaría desmembrado y muerto. Aunque seguro que, si a uno de esos 5 se les hubiera quedado la mano enganchada en la puerta guillotina, ni uno, óiganme bien lo que les digo, ni uno de esos hombres enmascarados hubiera gritado cómo lo hice yo cuando golpearon a Jerry y a Sally salpicando mi abrigo de polipiel — 

Volví a mí otra vez, dejé de imaginar la conversación con alguna comisaría don quiera. 

Me quedé embobada viéndolos. Y fue de pronto que sentí el miedo. Di media vuelta. Pensándolo bien, no tuve tanto miedo como para seguir observándoles de reojo.

Recé, y eso que nunca rezo para que empezara la acción empezara.

Los clientes que estaban tranquilamente sentados en las sillas de la terraza de la cafetería también los vieron llegar. 

—Por favor, no disparen no disparen— los camareros gritaron primero. En vano sonaba la caja registradora y la banda sonora de tiros daba inicio a la masacre de aquel día de perros.  

No comprendía porque toda la vida había dicho que la sangre era de color rojo, cuando en realidad el que más le pega es el color burdeos. También descubría por primera vez, la densidad de la sangre, pues era espesa a la par que ligera, me pareció gracioso ver como salía de los cuerpos, huyendo como quien ha visto un fantasma, hasta parecía aliviada de tener siempre que estar encerrada en el mismo circuito.

Todo el suelo quedó manchado de sangre, hasta los cristales asustados se veían con trozos de crujiente hojaldre y pedazos de carne. 

¿Debía haber llamado a una ambulancia, a la policía…? 

Daba igual. Todo había acabado. Me fui de ahí.

Esos cinco de la furgoneta, eran solamente trabajadores a los que simplemente, había sobrevalorado. 

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