un día de niebla

a foggy day

Abrió la puerta de la calle. 

La niebla estaba por todas partes. Un pie enfrente al otro y empezó a caminar. Estando dentro de la niebla conseguía ver con cierta claridad.  

Mirando hacia atrás se sentía aliviado por salir de la densa y blanquecina oscuridad. Pero más tarde se dio cuenta que daba igual dónde estuviera, cuántos metros caminara o retrocediera, la niebla era igual en todos lados. Era su nueva y fiel compañera.

AVÓ I

El día después de convertirse en una cuarentona, Avó murió. 

Años antes, siendo una treintañera su abuela, avó en portugués, a duras penas la reconocía… aunque sentía que le cambiaba la mirada cuando se sentaba a su lado y le cogía la mano.

Dejaba que su abuela le agárrese de la mano para contarle los dedos. Al hacerlo, a veces le salían ocho dedos, otras nueve, rara era la vez le salían diez dedos como suma de las dos manos. 

Cuando por sorpresa, le salían diez dedos, avó abría los ojos como platos y en voz alta exclamaba—Dez!—. 

Como si fuera una escena de teatro o de cine, la nieta se la quedaba mirando con la misma cara de sorpresa que su abuela, como diciendo que aquello no era posible, era raro, se le escapaba al entendimiento ¡diez dedos!. Y su avó, al verle la cara de sorpresa y medio preocupada, levantaba los hombros y le besaba las manos, como si dijera aquello tan español de “sana sana culito de rana, lo que no sana hoy, sanará mañana”.

La rutina de su abuela aburría a cualquiera. Levantarse con ayuda, asearse con ayuda, vestirse con ayuda sin poder escoger lo que le gustaba más, daba igual si era primavera otoño invierno y verano que las medias gruesas no se las sacaba nadie —son mayores, entiéndelo, ellos tienen más frío que nosotras— le decía una ayudanta a la nieta bajo un sol de 32º. 

Después de peinarla y repeinarla con los pocos pelos que la quedaban, la abuela bajaba asustada con mucho miedo las escaleras que daban a la planta de abajo, donde estaba el salón comedor.  

Una vez abajo, tomaba con pulso firme y constante el vaso de cebada casera. Sumergía en ellas las galletas imitación maría y cuando se acordaba de rescatarlas ya estaban hechas una papilla. Que de igual modo, comía.

Después de desayunar le daban unos juguetes y su preferido era un muñeco. Se ponía a hablar con él que era del tamaño de la palma de su mano con cariño le regañaba por estar desnudo y con tanto frío. 

Antes de comer, la echaban en un sofá destartalado de color blanco, donde resonaba por horas en la postura del oso gruñón de los osos amorosos. Dormía con los brazos cruzados, las piernas duras como garrotes estiradas y el entrecejo fruncido. Quizás era porque notaba que algo no funcionaba bien en su cuerpo. Pues siempre estaba helada como el fuego de una chimenea de juguete. A pesar de las mantas, mantitas y mantones que la tapaban, sus manos y sus pies se quedaban fríos como el hielo. 

Sin saber porque la despertaban, se enfadaba y a veces sin ganas de comer, otras muy hambrienta se levantaba otra vez con ayuda, para ir a la mesa.  

Pensando que nadie la veía escupía muchas veces pedazos de lo que comía.

Cuando estaba de buen humor, feliz con la vida, era cuando al beber de vez en cuando por petición de la nieta un sorbito de vino y con una voz de niña decía ¡está azedo, azedo azedo azedo!(amargo).

El amargor la revivía.

Dormir y despertar, era todo lo que hacía en sus últimos días de vida.